Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Bajó prontamente una escalerilla y se halló en un camarote aún más pequeño que el suyo, y tan tajo de techo que no se podÃa estar de pie; a la escasa luz que penetraba por la carlinga vio a sus tres amigos, acostados uno junto a otro y con las piernas fuertemente atadas con cuerdas hechas de rotang. Al verla, Hong y sus compañeros dieron gritos de estupor.
—¡Than-Kiu!
—Yo soy, amigos.
—¡Por Fo y Confucio!… ¿No soñamos?…
—No soñáis, Hong.
—Te veo sin ligaduras…
—Y casi dueña del buque.
—¿Te chanceas?… ¿Por qué milagro?…
—No hay milagro… Simplemente me he convertido en la prometida esposa del jefe.
—¡Muerte de Fo y Confucio!… —rugió Hong, tratando con rabioso esfuerzo de romper sus ligaduras y de levantarse—. ¡Tú… novia de ese perro!… ¡Ah!… Pero no; ¡no es posible que la gentil Flor de las Perlas disipe tan pronto las esperanzas del pobre Hong!
La joven le dejó desahogarse con toda calma, y luego, acercándose más, le dijo sonriente: