Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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—¿Nos persiguen ya los de Pandaras? —preguntó Sheu-Kin.

—Lo sospecho. Si han encontrado a sus compañeros dormidos, sabiendo que íbamos prisioneros, se habrán imaginado lo hecho y nos perseguirán.

—¡Apresurémonos, compañeros, o dejamos aquí la piel! —observó la joven.

Los dos hombres recobraron sus paquetes de provisiones, que no había abandonado Hong, y todos se pusieron de nuevo en camino rápidamente, decididos a no detenerse mientras no tropezaran con obstáculos. Adquirieron la convicción de que estaban en medio del lago sondando con una larga caña el agua del camino, a cuyo fondo no pudieron tocar. Aquel estanque, muy extenso en apariencia, estaba sembrado de varios islotes de pequeñas dimensiones, cubiertos de cañas y en torno de las cuales pululaban los cocodrilos.

Hong continuaba avanzando rápidamente y seguido de sus compañeros, pero ojo avizor y temiendo a cada instante que le iba a cerrar el paso alguna fiera, y con la carabina preparada para poder hacer fuego pronto. La lengua de tierra dejaba ver cada vez más su declive, y tendía a ponerse al nivel del agua; por grados iba haciéndose más flojo y fangoso el terreno, hundiéndose bajo los pies, lo cual alarmaba al chino.


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