Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Entonces, el irritado animal abandonó al caído y se precipitó furioso contra la joven. ¡Ay de ella si se hubiera dejado abrazar! Pero comprendió que no era ocasión de caricias, y, con la punta de su sable centelleante y siempre ante el pecho de la fiera, la mantuvo a raya. No obstante, veíase precisada a retroceder; y como la lengua de tierra no tenía más que cinco metros de altura, pronto tocó el agua con el pie.
—¡Muerte de Fo! —bramó el chino levantándose presto—. ¡Firme, Than-Kiu!…
Buscó el kampilang que había soltado al caer, y se precipitó sobre el oso, hiriéndole por la espalda. La fuerte hoja vibró en el aire, impulsada por el poderoso brazo del chino, con fuerza capaz de partir en dos el cuerpo de la fiera, y, dejando a ésta debatirse en las convulsiones de la agonía, cogió a la joven, que se había hundido ya hasta las rodillas, y la levantó bruscamente.
Ya era tiempo. En aquel mismo instante, dos enormes mandíbulas, armadas de grandes dientes, se abrieron y se cerraron con ruido semejante al que produce una gran caja cuya tapa se deja caer de golpe.
—¡Mil demonios! —rugió el chino, pálido como un cadáver—. Si me descuido un instante, ese maldito cocodrilo le corta las piernas.