Flor de las Perlas

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Pusiéronse a seguirlos; los animales se volvían de vez en cuando para ver si eran perseguidos, y continuaban la fuga; pero, al llegar ante el canal que dividía la lengua de tierra del islote, se pararon, disponiéndose a la defensa.

—Deben de tener ahí su guarida, y tal vez sus cachorros —insistió el malayo.

—O se largan, cediéndonos el puesto, o los mataremos. No quiero vecinos que puedan ser peligrosos.

Los birmang se habían enderezado y lanzaban sordos gruñidos. El más grueso, indudablemente el macho, se precipitó sobre Hong con agilidad que nadie hubiera sospechado en un cuerpo tan macizo, no dándole tiempo de levantar el sable; el otro se precipitó sobre Sheu-Kin y Pram-Li, tratando de abrazar al uno o al otro.

Hong, a pesar de su vigor extraordinario, no pudo sostener a pie firme el violento encontronazo de la fiera en pleno pecho, y cayó hacia atrás, tanto más cuanto que el terreno era fangoso. El birmang, sin preocuparse de Than-Kiu, que acudía en auxilio de su compañero, se echó sobre él para abrazarlo y ahogarlo. La joven, sin embargo, era adversario respetable: serena y arrogante, hizo brillar en el aire su kampilang, dando formidable, tajo en el hocico al oso, al cual produjo espantosa herida, de la que brotó sangre en abundancia.


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