Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Mientras tanto, el Sol se había ocultado por completo, y, tras breve crepúsculo, las tinieblas comenzaron a descender sobre la bahía como nubes de negros cuervos. La Luna alzábase ya sobre las crestas de la sierra y, seguida y precedida de miadas de estrellas, teñía de plata las aguas. Habían cesado todos los rumores en el muelle, y ni las campanas de la ciudad dejaban oír sus toques; sólo la brisa nocturna silbaba a intervalos, penetrando por entre las cortinas de seda de la estancia. Sheu-Kin inclinóse hacia la doncella, diciéndole:
—Recóbrate, Than-Kiu.
Ella no respondió. No miraba ya ni el mar, ni el muelle, ni el puente del Passig, ni la ciudad; contemplaba el horizonte, cual si esperase la aparición de algún nuevo astro o de algún farol que indicase la llegada de alguna embarcación.
—Ven, amita —repitió Sheu-Kin.
—Déjame admirar esta espléndida noche —repuso ella con voz trémula—. Me recuerda una de las más bellas, una de las más felices de mi vida; pero no aquí: él no había partido, ni Hang muerto. La recuerdo como si hubiera sido ayer. La luna brillaba iluminando las copas de los árboles; a lo lejos veíanse las luces de los campamentos españoles, y como cinta de plata el Zapote… Romero me hablaba… la estrella de la doncella blanca no había aparecido, ni declinaba aún la mía… Y todo acabó con una catástrofe. ¡Es horrible!