Flor de las Perlas

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No era fácil construir una balsa en aquella obscuridad y con los terribles saurios por vecinos; pero comenzaron la labor animosamente, mientras Than-Kiu vigilaba para impedir que los peligrosos adversarios, que no habían abandonado el islote, se acercasen. Hong y Sheu-Kin construían la balsa; el malayo vaciaba los cadáveres para inflar después aquellos pellejos. Faltaban aún dos horas para salir el sol, cuando la embarcación estaba concluida y rodeada de enormes vejigas hinchadas, al extremo de amenazar elevarse como globos. Medía la balsa cinco metros de largo por cuatro de ancho, y era ligerísima, aunque acaso resultaba arriesgado emprender con ella la travesía de aquella laguna llena de cocodrilos.

—¡Embarquémonos! —exclamó Hong, ufano con su obra—. Os recomiendo que vigiléis atentos para impedir que se acerquen esos monstruos, que pueden hacernos naufragar de un coletazo. Mis municiones están secas. Repartámoslas para poder hacer todos fuego.

—¿Y dónde vamos?

—Dejémonos llevar de la corriente hacia el Sur; así nos alejaremos de Pandaras y sus secuaces.

—¡Vayámonos! Estoy harto de laguna y de islote —dijo el malayo.

Embarcáronse todos, e impulsada por la corriente la balsa comenzó a moverse con rapidez y con un leve balanceo de babor a estribor.


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