Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Comienzo a creer que ese bergante, causa todos nuestros males, no nos dará más que hacer. Si ha perdido sus hombres, se habrá apresurado correr hasta llegar al Bacat. ¡Ea!… Comamos un bocado y marchemos en busca de algún refugio que nos permita dormir tranquilos veinticuatro horas de un tirón.
—Y comer un buen asado. Un pedazo de oso o de babirusa no vendrÃa mal.
—No nos faltará salvajina, Pram-Li —repuso Hong.
Devoraron su parca colación; dividiéronse las municiones secadas al sol y orientándose por medio de la brújula y del mapa que llevaba Hong cerrados en una cajita de hojadelata absolutamente impermeable, se pusieron en camino costeando la inmensa laguna, que parecÃa convertida en pantano.
Al principio iban por entre las cañas, no atreviéndose a internarse en la selva; mas a las dos o tres kilómetros de marcha, al observar que los árboles crecÃan muy juntos y con grandes hojas, ofreciendo escondites casi inaccesibles, se atrevieron a cambiar de ruta penetrando en un gigantesco bosque, que padecÃa no haber sido hollado todavÃa por planta humana. Quizá, en efecto, ni siquiera los indÃgenas lo habÃan atravesado, pues no existÃa en él ni rastro del más pequeño sendero.