Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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En vez de obedecer, Pandaras redoblaba la velocidad. De repente se le vio vacilar, caer y alzarse súbitamente a tres metros del suelo, al extremo de una especie de cilindro grueso como el muslo de un hombre robusto y que le envolvía cual gigantesca espiral. Un aullido terrible, un grito de agonía, se escapó de los labios del traidor: sus facciones expresaban en aquel instante un terror indescriptible; sus ojos parecían que iban a saltar de las órbitas. El malayo sujetó al chino, que iba a lanzarse sobre el asesino, y le dijo:

—¡Alto, si estimas en algo tu vida!

—¡Es nuestro! ¡Suelta! ¡Cojámosle antes de que vuelva a emprender la huida, y…!

Helósele la frase en los labios: no se había dado aún cuenta de que un enemigo más terrible que ellos dos se había apoderado del pirata. Un crótalo monstruoso, una serpiente atigrada, de cinco metros de largo, con la que quizás había tropezado el fugitivo, se había erguido repentinamente y enlazado con la rapidez del rayo entre sus horribles anillos al desdichado, que, sintiéndose ahogar y triturar los huesos, olvidando que el chino y el malayo le seguían para vengar a Hong, tendía hacia ellos el brazo que tenía libre, murmurando con desesperación:

—¡Socorro! ¡Socorro!


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