Flor de las Perlas

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El malayo, más vengativo, se cruzó de brazos; pero el generoso Sheu-Kin desenvainó su kampilang y se precipitó sobre el monstruoso reptil, que continuaba oprimiendo el cuerpo de su víctima y cubriéndola de asquerosa baba.

—¡Llegarás demasiado tarde! —advirtió Pram-Li.

El valiente chino, aun sabiendo a lo que se exponía, se acercó; evitó ser envuelto por la cola del crótalo, que trató de apresarle, y descargó un sablazo desesperado y con toda su fuerza. El reptil, cortado en dos, cayó al suelo, pero sin abandonar su presa y oprimiendo el cuerpo agonizante. Se oyó un crujido horrible de huesos, seguido de ahogado estertor, y hombre y serpiente exhalaron su último aliento en el mismo instante.

Sheu-Kin contempló por algunos instantes el cuerpo de Pandaras, reducido a una informe masa de carne sangrienta, y se apresuró a seguir al malayo, que corría hacia el alcanforero a cuyo pie había caído Hong, al cual, con gran sorpresa y júbilo, vieron en pie, sonriendo a Than-Kiu, que le vendaba el brazo derecho.

—¿Vivo? ¿Estás vivo? —exclamaron.

—Tengo la piel dura, amigos; pero estaré inválido algún tiempo. ¿Verdad, Than-Kiu? ¡Pandaras se apresuró demasiado a disparar!

—¿Tienes el brazo herido?


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