Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Los mandayas, viendo huir a sus implacables enemigos, se apresuraron a descender para apagar el fuego y arrancar las cortezas inflamadas. El jefe los habÃa seguido, y lo primero que hizo fue apoderarse de un kampilang abandonado y cortar la cabeza del bagani, envolviéndola en el turbante rojo de su mortal enemigo. Subió inmediatamente con el sangriento trofeo, y acercándose a Hong, le dijo:
—¡Tú eres el más valiente; a ti te corresponde, pues, la cabeza del bagani!
—¡Renuncio a ella! —contestó el chino por boca del malayo, que le habÃa traducido el ofrecimiento—. ¡No hago colección! ¡Puedes quedártela!
—Entonces, la conservaré para adornar mi cabaña. Pero —añadió con nobleza— como os debemos la salvación de la tribu, pide lo que desees, y te daremos todo lo que tengamos. Habla. Aguardo tus órdenes.
—¿Qué deseo? Sólo una cosa: que nos mostréis el camino para llegar al lago.
—¿A qué lago?
—Al de Butuán.
—¿Vais allá?
—SÃ.
—¿Tal vez para ver al sultán?
—SÃ.
—Es hombre perverso y cruelÃsimo.
—¿Cómo lo sabes?