Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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A eso de la medianoche, después de una marcha bastante precipitada de cuatro horas, se detuvieron para descansar a la orilla de un afluente del Bacat. Tiguma, Pram-Li y Sheu-Kin quisieron aprovechar aquella parada para cazar alguna tortuga de las que abundaban en aquel sitio, según decía el igorrote. Than-Kiu se había sentado, y su novio, de pie apoyado en su carabina a pocos pasos de ella, vigilaba; pero continuaba meditabundo y vivamente inquieto. Luego fijaba intensa mirada en el rostro de la joven, como si quisiera leer su pensamiento.

De pronto se acercó lentamente a Than-Kiu y le tocó suavemente el pelo: ella pareció despertar de súbito y se irguió, mirándole con las facciones contraídas; pero al ver que era Hong, serenóse, sonrió y dijo:

—¡Ah! ¿Eres tú, mi querido amigo?

—¿Qué tienes, amada mía? ¡Estás triste, muy triste! ¿Qué pensamientos angustiosos atormentan el corazón de mí adorada Flor de las Perlas? ¿Te destrozan el alma los celos?

—No; pensaba en mi hermano.

—¡No es cierto, Than-Kiu!

Ella le miró exponiendo el rostro a la luz de la Luna, y repuso con voz lenta:

—Tienes razón; mentí, e hice mal en ocultarte la verdad, a ti que eres mi más leal amigo.

—Pensabas en Romero.

—Más en la Perla de Manila que en él.


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