Flor de las Perlas

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Pram-Li, Sheu-Kin y Than-Kiu avanzaron inmediatamente el cuerpo, y viendo bajo ellos otros hombres, hicieron fuego al centro del grupo. Tres o cuatro rodaron mortalmente heridos, cayendo sobre los otros que subían detrás, a quienes arrastraron también en su caída, incapaces de resistir el choque. Un aullido formidable de rabia, al mismo tiempo que dos detonaciones, eleváronse desde la base de la roca. Hong, que había vuelto a cargar su carabina, avanzó el cuerpo y vio que los cazadores de cabezas se retiraban alejándose.

—¡Se han ido! —dijo Pram-Li dirigiéndose al igorrote—. ¡Parece que ya tienen bastante!

Tiguma movió la cabeza en señal de duda, y dijo:

—¡No os fiéis, no conocéis lo vengativos que son esos hombres!

El malayo se estremeció al oír estas palabras.

—¿Crees, pues, que no han huido? —preguntó con cierto temor.

—Así lo creo.

—¿Y qué nos pondrán sitio?

—Me lo temo. ¡Creo que no se irán sin nuestras cabezas!

Hong se tornó sombrío al oír la traducción de estas palabras, miró desesperadamente a Than-Kiu y murmuró con voz sorda:

—¡Y todo por salvar a ese hombre!


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