Flor de las Perlas

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CAPÍTULO VIII

UN AMIGO MISTERIOSO

Reinó un profundo silencio, sólo interrumpido por los murmullos del agua. Hong, entregado a sus tristes pensamientos, se sentó en la margen de la abertura con las piernas colgando sobre el río y miraba distraídamente la corriente, ajeno, al parecer, a la preocupación del peligro que corrían. Tiguma, por su parte, escuchaba con profunda atención, tratando de discernir el menor rumor que pudiese indicar el retorno en actitud ofensiva de los cazadores de cabezas. Than-Kiu, en tanto, sentada junto al malayo y al joven chino, parecía también absorta en sus pensamientos y no prestaba atención alguna a las palabras que se cambiaban entre los dos compañeros. Un silbido repentino sacó a los sitiados de sus meditaciones.

—¿Es una serpiente, o una flecha? —preguntó Hong alzándose con rapidez.

—Una flecha —repuso Pram-Li.

—¿Desde dónde la han disparado? ¿Has visto a alguien por el río?

—No; si alguien hubiera tirado desde el agua, lo habríamos visto.

—Entonces, ¿cómo puede haber llegado aquí la flecha? —preguntó la joven.

—¿Se trata, pues, en realidad de una flecha? —dijo Sheu-Kin—. ¡Tendría curiosidad de verla!

—¡Busquémosla! —exclamó el malayo.


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