Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Desenrolló la cinta, y a la luz de la yesca vio dos rayas cuadradas y desiguales.
«¿Serán esto palabras?», se dijo estupefacto.
Tiguma, que se habÃa inclinado para examinar aquel pedazo de hoja, dio un grito de júbilo.
—¡Conozco la letra!
—Pero ¿llamas letra a esto? —exclamó con estupor el malayo.
—Son signos que comprendo, porque los usamos en mi tribu.
—¡Es posible! Entonces hay que suponer…
—Que entre los hombres del bagani hay algún compatriota mÃo —concluyó el igorrote.
—Ya los he leÃdo.
—¿Qué dicen?
—Que sigamos la galerÃa hasta el fin, y que alguien vela por nosotros.
—¡Vela por nosotros! —exclamaron estupefactos al saberlo Than-Kiu y Hong.
—¿Habrá algún conocido nuestro entre los hombres del bagani? —preguntó el malayo.
—Todo lo hace suponer asà —repuso Tiguma.
—¿Quién puede ser? No tuvimos nunca relación con los cazadores de cabezas.
—Puede ser alguno de mi tribu.
—Vamos a cuentas. ¿No matan siempre a sus prisioneros esos hombres?