Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —¡La cosa es grave! —dijo Hong—. Perseguirlos hasta su aldea me parece empresa demasiado ardua. ¿Qué opinas, Flor de las Perlas?
—Aunque lo sea, creo que cometerÃamos una mala acción abandonando a ese intrépido joven.
—Pero es que tendremos que arrostrar mil peligros graves: no somos más que cuatro, y quizá sean varios centenares los cazadores de cabezas.
—Vence a veces la astucia al número y a la fuerza.
—No digo lo contrario —murmuró Hong, ya a punto de arrojarse de cabeza a la empresa, que consideraba arriesgadÃsima.
Vindhit, que escuchaba atentamente haciendo esfuerzos por comprender aquellas palabras, hizo un ademán con la diestra y dijo a Pram-Li:
—Tus compañeros dudan del éxito de la empresa, ¿no es verdad?
—SÃ, somos muy pocos para asaltar la aldea de los cazadores de cabezas.
—Pero no es necesario aguardar a que estén en su aldea.
—¿Qué quieres decir?
—Que podemos alcanzarlos antes de que lleguen.
—Pues ¿no decÃas que no podÃa ser, pues llevaban mucha delantera?