Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Como no tenían segures, decidieron construir una balsa ligera con bambúes, que crecían abundantemente en ambas orillas: eran de unos quince metros de largo y poco menos gruesos que el muslo de un hombre. Los tres chinos y el igorrote cortaron en breve las cañas que necesitaban, eligiendo las más convenientes por su longitud y solidez, y transportándolas junto al agua, comenzaron alegremente y con afán su obra.
El malayo, que había servido como marinero y lo entendía, dirigía la construcción, que a las dos horas se hallaba concluida. Sus proporciones eran de diez metros de largo por cinco o seis de ancho: tenía en el centro una especie de tienda para resguardar del sol a la joven.
—¡Marchemos! —dijo Hong, ayudando a Flor de las Perlas a subir a bordo—. ¡Cada minuto que perdamos es una probabilidad menos de salvarle!
—¿Le salvaremos, Hong?
—¡Esperémoslo, Than-Kiu!
Subieron todos, y pertrechados de largas cañas que debían hacer oficio de remos comenzaron la navegación. La corriente en aquel sitio era fuerte, pues el río describía una rápida curva. Hizo dar varias vueltas sobre sí misma a la balsa, y la empujó hacia la orilla opuesta; pero muy en breve comenzó a arrastrarla con una velocidad de seis o siete kilómetros por hora.