Flor de las Perlas

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Entonces Hong, viendo que no necesitaban ya su ayuda, se metió en la tienda con su amada, mientras el malayo guiaba desde popa y Sheu-Kin y Vindhit, tendidos a proa, vigilaban las dos orillas y advertían a Pram-Li la presencia de los bancos de arena.

El río parecía correr por entre una región desierta en absoluto: en aquellos matorrales de plantas silvestres, entre las cuales sobresalían frutas como nogales moscados, tamarindos, arecas, mangostanes y sagúes, se alzaban multitud de pintadas y trinadoras aves. Lo que no se veía eran cuadrumanos ni fieras, con gran satisfacción para los viajeros.

A mediodía, después de haber recorrido unos treinta kilómetros, halláronse con una pequeña cascada que interceptaba por completo el paso. Con una barca no hubiera sido difícil pasar; pero con una balsa no había que pensarlo, pues se trataba de una angostura entre dos peñones.

—Tendremos que desocupar la balsa —dijo Hong, bastante contrariado por aquel obstáculo.

—No hace falta —dijo Vindhit, a quien Pram-Li tradujo la observación de su compañero.

—¿Por qué?

—Porque estamos ya en buen sitio.

—¿Qué quieres decir?


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