Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Media hora después se dirigían hacia el oeste a través de la selva. Los árboles gigantes se sucedían sin interrupción, aunque separados por varios metros de distancia unos de otros, por lo cual la marcha no se hacía difícil. Aquellos enormes troncos, perfectamente derechos, daban la ilusión de una inmensa columnata sosteniendo una bóveda impenetrable de verdura. A pesar de aquel alto techo, la temperatura era cálida en extremo, como de invernadero, y hacía sudar a todos los viajeros, que experimentaban muchas dificultades para el funcionamiento de sus pulmones.
Pocos pájaros y aves habitaban aquella selva majestuosa, en la cual no había cuadrúpedos, tal vez porque no tenían dónde esconderse. Al cabo de dos horas de fatigosa marcha llegaron a la orilla de una gran laguna que se extendía hasta la base de una cadena de colinas boscosas. En aquella ribera había muy pocos árboles, aislados entre sí y de aspecto triste, no viéndose en torno de ellos ni césped ni hierba en el suelo, cual si su sombra hubiera esterilizado la tierra. El igorrote hizo al verlos un gesto de disgusto y se apresuró a apartarse de ellos, mientras que Hong y Than-Kiu se detuvieron a contemplarlos.
No eran feos aquellos vegetales: tenían el tronco liso, alto como de treinta metros, y sus anchas hojas eran de color verde oscuro.