Flor de las Perlas
Flor de las Perlas El malayo manifestó este deseo de Hong al igorrote, que dijo lacónicamente:
—Seguidme.
En vez de subir el barranco de frente dobló a la izquierda, metiéndose por entre la maleza: el paso era dificilÃsimo, pues tenÃan que ir abriéndose camino. De pronto retrocedió vivamente el igorrote como si se hubiese hallado ante algún peligro.
—¿Qué hay? —le preguntó el malayo, que le seguÃa.
Un silbido agudo que les heló la sangre en las venas fue la respuesta.
—¿Una serpiente?
—¡Y de las peores! —murmuró el isleño con voz trémula.
—¿La has visto?
—No; pero debe de estar muy próxima.
Al oÃr el silbido del reptil, Hong habÃa palidecido, no obstante su intrepidez.
—¡No hagáis uso del fusil! —dijo precipitadamente—. ¡Un solo disparo nos perderÃa! ¡Mano a los cuchillos!
Repitióse el silbido, más cercano. El malayo dio un paso atrás.
—¡Un ular-burong! ¡Cuidado Hong! ¡Es venenosÃsima!
—¿La has visto?