Flor de las Perlas
Flor de las Perlas No era un igorrote, ni una mindanés de la costa; de cutis bronceado, pero muy claro, y de facciones regulares, vestía una especie de levita de un color dudoso que inducía a creer que fue en sus buenos tiempos azul a rayas, pantalón blanco con franja roja, y en la cabeza uno de esos birretes de paño azul que usan los marineros de todas las naciones de Europa y América.
Al ver aquel grupo de hombres armados de fusiles y vestidos casi a la europea, el hombre, joven de poco más de veinte años, lanzó una exclamación de asombro y se quedó mirando a los chinos con cierta emoción.
—¡Por Fo y Confucio! ¡O soy ciego, o ese hombre es un español de los de la cañonera Concha! ¿Crees que me equivoco, Than-Kiu?
—No; ese hombre es uno de los que acompañaban a Romero.
El marino continuaba mirándolos, y de pronto exclamó:
—¡Caramba! ¡Hombres de la costa!