Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Than-Kiu se estremeció, cerró los ojos como sustrayéndose a una visión angustiosa y tendiendo la mano a su compañero replicó:
—¡Ésta es la última emoción! ¡Flor de las Perlas es toda tuya!
Volvióse hacia el marinero, y con acento completamente tranquilo, que probaba su gran fuerza de voluntad, preguntó:
—¿Estamos muy lejos de tus compañeros?
—A unas ocho o diez horas de camino.
—¿Tenéis alguna cabaña en la orilla?
—Sí, señora.
—Pasemos el río.
Metióse en la canoa, todos la siguieron y dio orden de partir. La chalupa pasó en breve el Bacat; el marinero, a la cabeza del grupo, detúvose a los quinientos pasos ante una choza cubierta de hojas de areca. Cerca cocíanse en una hoguera unos cuantos peces de río y se asaba una pierna de jabalí. En la tienda había algunos toscos asientos de bambú y una mesa de caña, obra, sin duda, de los españoles, pues los igorrotes nunca experimentaron la necesidad de esos muebles.