Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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—¡Ya decía yo que le había visto a usted y que había oído otra vez su voz! ¡No caía en la cuenta de dónde y cuándo; pero ya recuerdo!

—¿A mí? ¿Cuándo? ¿Dónde?

—Era una noche oscura, sin luna, sin estrellas, y su voz de usted estaba entrecortada por los sollozos. Pero pude verle la cara desde el puente de la cañonera.

—Puede ser.

—Estaba usted en el muelle de Binondo.

—Sí.

—Iba usted acompañada por un chino de aspecto intrépido, que me dijeron que era uno de los jefes de la insurrección.

—Es verdad.

—Lloraba usted mucho.

—¡Pero ya no lloro! —contestó prorrumpiendo en una carcajada que hacía estremecer.

—Lloraba usted porque se iba el señor Romero.

—¡No! ¡Lloraba de rabia!

—¡Pobre niña!

—¡Cállate y cuenta!

Y la joven, cogiendo el vaso de barro, apuró de un trago el licor que contenía:

—¡Ya lo ves, Hong! ¡Lo pasado ha muerto en mí por completo! —dijo al chino, que estaba a su lado—. ¡Mañana, ante él, te daré la prueba más concluyente de esto!


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