Flor de las Perlas

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La flotilla hallábase ya a unos quinientos pasos de la rada. La canoa del sultán, que precedía a las demás, llevaba cuarenta remeros y veinte guerreros armados de fusiles. Las otras chalupas eran veinte, llenas de indígenas, armados casi todos con armas blancas: bolos, kampilangs y lanzas. Unos cuantos tenían fusiles antiguos. Fuerza imponente aquella para los pobres igorrotes, mal armados y quizá poco aptos para sostener una lucha contra enemigos tan corpulentos.

—Son, por lo menos, doscientos —dijo Hong—; pero ¡bah! ¡Todo es cuestión de audacia!

—¿Qué intentas, Hong? —preguntó la joven con angustia.

—Ya veremos lo que se haya de hacer, pero te aseguro que no se llevarán a los hombres blancos.

—¿Cuál es tu proyecto?

—¡Silencio ahora! ¡Vamos a recibir al sultán!

La canoa atracó a la orilla ante la primera empalizada. La población, compuesta sólo de hombres, pues mujeres y niños habían huido a la selva, se agrupaba en las terrazas, armada y presa de gran temor. El sultán era ya viejo y tenía la cara arrugadísima; iba vestido con una túnica de seda blanca sujeta a la cintura por una faja de varios colores, y llevaba turbante verde. Al cinto pendíale una cimitarra con vaina de marroquí y empuñadura de plata, y un kampilang. Bunga se apresuró a salirle al encuentro, diciéndole:


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