Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —¿Quieres delegar en mà el encargo de contestarle?
—¿Qué pretendes? —preguntó el igorrote con cierto temor.
—Rehusarle francamente los prisioneros, y matar al sultán si es preciso —repuso el chino con enérgica resolución.
—¡No te atreverás a tanto!
—¿Temes a ese hombre?
—SÃ, es muy poderoso.
—Nosotros lo somos más. Manda a tus hombres que estén prontos a todo, hasta a combatir si es necesario, y déjame obrar.
—¿Y serás capaz de matarle? —exclamó el igorrote, que sonreÃa ante la idea de desembarazarse de su temible adversario.
—Lo sabrás más tarde. Tú limÃtate a decirle que hemos venido como embajadores de la poderosa nación de los amarillos. Del resto me encargo yo.
El jefe asintió, no del todo confiado, y Hong dijo a su amada:
—¡Ven, Flor de las Perlas! ¡Vamos a jugar nuestra última carta!