Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Los hombres amarillos no son tus perros ni tus esclavos para que les des un mentÃs. ¡Mi nación tiene navÃos, hombres y cañones en tal número, que puede de un bocado tragarse tu sultanato!
—¡Pero está muy lejos!
—Quizá menos de lo que te figuras.
—Y, en cambio, yo estoy muy cerca de ti.
—¿Y qué quieres decir con eso? —preguntó Hong cruzándose de brazos y mirando amenazadoramente al sultán.
Éste sostuvo por algunos instantes aquella centelleante mirada, y luego bajó los párpados diciendo:
—Si los hombres amarillos son fuertes y poderosos, el sultán de Butuán tiene muchas canoas y muchos guerreros, y se apoderará de los blancos.
—¡Te he dicho que han huido!
—Mandaré a mis hombres que los sigan.
—¡Están ya lejos!
—Sé que entre ellos hay una mujer enferma, y no pueden haber recorrido mucho camino. Además, mis guerreros alcanzan a las babirusas a la carrera, y los alcanzarán a ellos también. ¡Bunga, el sultán de Butuán te pide hospitalidad!
—Mis cabañas son tuyas —dijo a regañadientes el jefe igorrote.
—¡Tomaré posesión de tu morada!