Flor de las Perlas

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Luego dirigiéndose a los igorrotes de las terrazas, les gritó con imperio:

—¡Mis guerreros tienen hambre; dadles de comer, y poned a su disposición vuestras chozas!

—¿Y adónde irán mis súbditos? —preguntó Bunga.

—¡Dejo la selva a su disposición! —replicó brutalmente el sultán.

Pocos minutos después el sultán y su escolta tomaban posesión de la plaza fuerte, mientras los guerreros invadían la aldea, haciendo desalojar terrazas y cabañas, más como señores que como huéspedes, o, mejor aún, como conquistadores. Los pobres igorrotes, impotentes para resistir a aquellas hordas salvajes, reuniéronse en la margen de la selva, resueltos a defender a sus mujeres refugiadas en la espesura. Sólo Bunga obtuvo permiso para ocupar un grupito de miserables chozas viejas junto a la rada, bajo una de las empalizadas. Con él estaban los chinos, a los cuales el monarca había enviado como regalo dos cerdos, raíces, frutas, pan de sagú y vino blanco de palma. El jefe estaba furioso, pues se consideraba independiente, y no súbdito de aquel brutal déspota.

—¡Esto acabará mal, muy mal! —dijo a Hong y a Than-Kiu.

—¿Para ti, o para él? —le preguntó el chino con gran flema.


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