Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —¿Es tuyo este junco?
—No; pero ¿qué importa?
—¿Y su propietario?
—Me importa un pito… Además, el Lirio de Agua paga, y paga bien.
Sus seis hombres y Sheu-Kin transformáronse al instante en marineros, y Pram-Li, el más hábil de todos, como malayo, empuñó el timón; desplegadas las velas, el barco comenzó a moverse alejándose del rÃo. En aquel momento desembocaban en el muelle las patrullas, deteniéndose atónitas al no ver a los fugitivos y prorrumpiendo en exclamaciones:
—¡Caray!… ¡Caramba!
—¿Dónde se han metido esos ratas?
—¿Ratas?… Di más bien presidiarios.
—¿Se han fugado esos mozos crudos?
—Al Infierno debÃan haberse ido.
—Busquemos a esos perros y hagámosles pagar caro el tiro de revólver.
Hong y sus compañeros maniobraban en tanto hacia la salida de la bahÃa; uno de sus perseguidores vio la barca, y la señaló a sus amigos, diciendo:
—¡Mirad allÃ, camaradas!… Acaso aquellos picaros de color de limón puedan decirnos algo.
—Con seguridad que saben más de algo; habÃa chinos entre los fugados, y esos perros se ayudan siempre unos a otros.