Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Jefe —dijo uno—, Ãbamos a ser presos; tenÃamos tras nosotros veinte hombres, y quizá alguna otra patrulla más iba a acudir.
—¿Habita alguno de los nuestros aqu� —preguntó Hong, lanzando una mirada recelosa a la casa vecina.
—No; estamos en el barrio malayo.
—¿Adónde sale esta calle?
—Al embarcadero.
—Entonces, podemos salvarnos todavÃa.
—Las patrullas nos darán caza por el mar.
—Y las haremos correr. ¡Hala! ¡A galope! Hay que llegar al muelle, antes de que acudan soldados.
Redoblando sus esfuerzos, llegaron en un instante al muelle, que en aquel momento seguÃa desierto. Con rápida mirada vio Hong que habÃa anclados varios paraos y algunos juncos chinos, y se precipitó sobre una tow-meng que tenÃa las velas medio desplegadas, como si esperase el despuntar del dÃa para partir. Sus hombres le siguieron sin preguntarle por qué buscaba refugio en una nave china. El jefe dejó andar a Than-Kiu, cortó de una cuchillada las amarras y ordenó con voz tranquila:
—¡Ohe!… ¡Iza!… ¡Un hombre al timón!
—¿Qué haces? —preguntó Than-Kiu estupefacta.
—Te salvo de los guardias —repuso el chino sonriendo.