Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Era, en efecto, Teresita de Alcázar; pero no tan hermosa y fresca como la había visto en Manila dos meses antes. La fiebre y las fatigas de aquel largo viaje por las regiones ecuatoriales habían dejado marcadísimas huellas en su rostro bello y juvenil. Pálida y demacrada, perdió su tez el delicado matiz moreno peculiar de las andaluzas, y que tantos atractivos añadía a la hermosa Perla de Manila.
Teresita dormía aún, con un brazo debajo de la cabeza, oculta a medias por sus largos y negros cabellos; su respiración era agitada, porque el corpiño de percalina azul se levantaba con rápidas intermitencias.
Than-Kiu continuaba inmóvil, con las manos cruzadas, contemplando a su ex rival con ojos en que brillaban siniestras llamaradas. Hacía varios minutos que se encontraba allí cuando Teresita, tal vez presintiendo la presencia de aquella mujer que podía dejarse arrastrar por los impulsos de una pasión, si bien vencida no domada por completo, se despertó bruscamente.
Sus ojos negros, fulgurantes y expresivos, después de mirar vagamente en derredor suyo, fijáronse en Flor de las Perlas, que conservaba siempre su amenazadora inmovilidad. Repentinamente, la española se levantó con un salto de fiera, el rostro alterado, fruncido el ceño, las miradas centelleantes, escapándosele un grito involuntario de estupor y de ira contenida con gran esfuerzo.