Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Un dÃa —dijo Than-Kiu con voz sombrÃa—, sÃ; un dÃa hubo en que te odié, y te habrÃa matado si el destino te hubiese puesto ante mÃ; pero ahora, ¿qué me importa a mà Romero? ¡Le he olvidado!
—¿Y por qué has venido?
—Para pagar la deuda que tenÃa con él.
—¿Cuál?
—Una noche, cuando la insurrección estaba a punto de ser ahogada por las armas victoriosas de tus compatriotas y mientras combatÃamos desesperadamente en las riberas del Malabón, caà prisionera de un coronel español. Mi suerte no era dudosa, al dÃa siguiente iban a fusilarme. Romero, que entonces me amaba todavÃa, me salvó de la muerte ocupando mi puesto. ¿Lo recuerdas?
—SÃ, le salvó a su vez mi padre.
—Pues bien, aquella deuda me pesaba, y he venido aquà a pagarla salvándote a ti y a él. ¡Ahora júzgame, Teresita!
La española hizo ademán de arrojarse en brazos de la china; pero un impulso de celos la detuvo.
—¿Ya no le amas? —preguntó dudosa.
—No.
—¿Me lo juras?
—¡Por el alma de mis padres!
—¡Tengo miedo de ti, Than-Kiu!
—Haces mal, porque mi corazón palpita por otro hombre, tan intrépido o más que Romero.