Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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—Than-Kiu —prosiguió Teresita con acento en que se sentía vibrar una viva inquietud—, ¿qué has venido a hacer aquí? ¿Por qué te fuiste de Manila? ¿Quién te ha dado noticia de nuestro infortunio? ¿Quién te ha guiado a través de las inmensas selvas de esta isla salvaje? ¿Has venido tal vez para vengarte? ¡Gran Dios! ¡Habla, habla, Than-Kiu! ¡Tus miradas me dan miedo!

Se acercó más a ella, y poniéndole una mano en el hombro con movimiento convulsivo, añadió trémula:

—¡Tú amas aún a Romero! ¡Sí, sí; lo leo en tu mirada! ¡Y es mío! ¡Mío! ¡Habla; habla, Flor de las Perlas!

Una leve sonrisa se dibujó en los labios de la china.

—¿Te causo miedo, Perla de Manila? ¿Y por qué? ¿Quizá porque aquella noche fatal en que te vi partir con el hombre a quien tanto amaba no te di un abrazo? Era un presentimiento; un presentimiento terrible y fatal, porque el siguiente día debía ser memorable para alguien. ¡Ah! ¿Me preguntas a qué he venido aquí? Voy a decírtelo en dos palabras: a salvaros.

—¿A salvar a Romero?

—No; a salvaros a los dos.

—¡Tú! ¡Tú, que debes odiarme! —exclamó Teresita estupefacta.


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