Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Apenas transcurrió medio minuto cuando de un espesísimo matorral vio salir a un hombre, a quien reconoció al primer golpe de vista. Era Romero, el mismo a quien amó con delirio durante la insurrección, el que parecía destinado a hacerla feliz y que la había abandonado por otra, causando su desesperación y la muerte de su querido hermano, el heroico Hang-Tu.
No era, sin embargo, el hermoso y arrogante mulato de antes. La fatiga, las privaciones, la prisión, la nostalgia y aquel suelo tórrido habíanle desfigurado. Avanzaba con lentitud, con la mirada baja y como absorto en tristes pensamientos, llevando al hombro un cuarto de babirusa y apoyado en un bastón de férrea punta.
A pesar de su indomable energía, al verle sintió Than-Kiu revolverse en su alma la antigua pasión no del todo vencida, a pesar, del afecto que profesaba a Hong. Vaciló; pero su vacilación tuvo la rapidez del relámpago. Se acordó de los sufrimientos pasados, de la muerte de su hermano, de su cruel abandono, y experimentó un impulso de odio hacia aquel hombre que, después de haberla amado, la había dejado por la mujer blanca, aunque fuera por fatales circunstancias. Apelando a toda su energía dio dos pasos al frente, y deteniéndose ante él le preguntó con energía:
—¿Me conoces?