Flor de las Perlas
Flor de las Perlas El mestizo, que, embebido en sus pensamientos, no la había visto, alzó vivamente la cabeza, dio dos pasos atrás dejando caer al suelo el bastón y la babirusa, palideció y exclamó con voz trémula:
—¡Tú!
Frotóse bruscamente los ojos, como dudando si era víctima de una alucinación, y repitió:
—¡Tú!
—¡Sí, yo; Flor de las Perlas… la hermana de Hang-Tu!
—¡La hermana de Hang-Tu! ¡Flor de las Perlas! ¡Hang-Tu!
Interrumpióse súbitamente, y fijando los ojos con cierto extravío en la joven, preguntó con voz entrecortada por reprimidos sollozos:
—¿Es cierto que murió Hang-Tu?
—¡Sí! —repuso ella sombríamente—. ¡Tu amistad fue fatal al héroe y a su hermana!
—¡Gran Dios! —exclamó Romero, cubriéndose la faz con las manos—. ¡Perdóname, Than-Kiu! ¡Perdóname! —continuó, cayendo de hinojos—. ¡Perdóname, en memoria de nuestro pasado amor!
¡Calla! —replicó ella apretando los dientes—. ¡No recuerdes nuestro amor, Romero! ¡Ha sido demasiado fatal para todos!