Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Pero ¿qué has venido a hacer aqu� ¿Quién te ha dicho que la cañonera naufragó y que me hallaba prisionero?
—¿Qué te importa? TenÃa contigo una deuda que me pesaba en el alma, y he venido a pagarla.
—¿Una deuda?
—La que contraje contigo en la ribera del Malabón: ¿lo recuerdas?
—SÃ, pero eso no constituÃa una deuda. Te amaba intensamente, y, aunque ya no podÃa hacerte mÃa, quise demostrarte que sacrificaba gustoso mi vida por salvarte.
—Lo sé, pero ahora ya acabó todo entre los dos. Tú eres de la mujer blanca, y yo soy de otro hombre.
—¿De quién?
En vez de responder, Than-Kiu se aproximó al ébano tras el cual estaba oculto Hong: cogió por la mano al intrépido chino, lo llevó ante Romero y dijo con voz firme:
—El hombre a quien amo es éste. Mañana seré la mujer de Hong.
Romero vaciló, murmurando:
—¡Hong! ¡Hong!
—SÃ, Romero; Flor de las Perlas es mÃa, ¡y guay del que la toque!
Luego, cogiendo en sus robustos brazos a la joven, añadió: