Flor de las Perlas

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En Costabado, Hong y sus amigos hallaron el junco del viejo Tseng-Kai. El buen hombre, seguro de verlos volver un día u otro, los aguardaba allí organizando frecuentes expediciones al río Talaján. Por algunos piratas que cayeron en sus manos supo la prisión de Hong y Than-Kiu por Pandaras, y conociendo su audacia, no dudó que llegarían a escaparse. No se había engañado, como ya hemos visto.

Antes de embarcarse para China, la joven quiso ver por última vez a Teresita y a Romero, que se quedaban en Costabado aguardando un buque que los trasladara a sus posesiones de Ternate.

Las dos mujeres se saludaron, abrazándose y besándose como verdaderas amigas. Cuando Than-Kiu alargó la mano a Romero, notó que la de éste temblaba, y le oyó exhalar un suspiro.

—¡Sed felices! —dijo el mestizo con voz débil—, ¡Hong es un valiente que te amará como yo te amé un día!

—¡Gracias! —repuso ella con altivez—. ¡Adiós para siempre!

Le miró a la cara y le vio palidecer.

—Antes de separarnos para siempre, ¡perdóname la muerte de Hang-Tu! —murmuró sollozando.

—¡Te he perdonado! ¡Adiós!


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