Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —¿No ha sido usted la que abandonó el velero con dos hombres, desembarcando aquà cerca? —preguntó el coronel sonriendo—. Estaba en la ventana, atraÃdo por los disparos, y la vi.
—¿Me ha visto usted? —dijo la joven estremeciéndose—. Pues bien… ¡arrésteme de nuevo, coronel!
—Entonces —exclamó el veterano, mirándola con estupor un instante y haciendo luego un gesto de cólera— luchábamos, y era mi deber hacerla prisionera; pero ahora no hay combate, y no soy un polizonte.
HÃzola sentar frente a sÃ, y añadió con tono más suave:
—Veamos; cuénteme esa historia… ¿Por qué huÃa usted?
—Por impedir que los guardias me arrestaran; no aguardaban más que mi curación para meterme en la cárcel.
—¡Por Dios santo! —exclamó el coronel indignado—. Después de haberla casi fusilado, ¿qué querÃan esos guardias?… ¿Enviarla a las Carolinas o a las Marianas?… ¡Una valiente que se ha batido mejor que un veterano!… Pero esa gente no respeta el valor ni… ¡Ah!… ¡Lo veremos, señores polizontes! Afortunadamente, yo soy un soldado.
—Gracias, coronel.
—¿Y a dónde querÃa usted huir, hija mÃa?… ¿Quizá a China?…