Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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—No; los atacaron los salvajes del Surrán, impidiéndoles salvarse en la chalupa. Parece que, al día siguiente de encallar, los mindaneses, que, como usted sabe, son piratas, quién más, quién menos, cercaron y asaltaron la cañonera, llevándose, tras sangriento combate, como prisioneros o esclavos, a los sobrevivientes. Algunos marineros que lograron escapar en la chalupa, y que fueron recogidos por veleros de las islas Célebes, confirmaron las noticias. Entre los prisioneros estaban el comandante de Alcázar, su hija y Romero.

—¡Su hija!… ¡Teresita! —suspiró Than-Kiu.

—Sí; la prometida de Romero.

La joven se levantó y acercó a la ventana para ocultar su emoción; tenía necesidad de respirar aire fresco. El coronel, que la había seguido, observó su extrema palidez, y que sus bellos ojos, de ordinario tan melancólicos y dulces, miraban sombríos.

—Está usted sufriendo; su corazón esconde un misterio.

—¡Verdad, coronel! —dijo ella con un hilo de voz—. Será para mí un sacrificio terrible tener que hallarme un día frente a Teresita de Alcázar… pero lo haré.

—¡Pobre niña!… La comprendo y la admiro cada vez más. ¿Quiere usted partir?

—Sí, coronel; si usted no me lo impide.


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