Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —No, ¡vive Dios!… Yo no tengo nada que ver con los guardias. ¿Quién la llevará a Mindanao?
—El junco que ha visto usted huir.
—¿Cuándo volverá?
—Esta noche a las dos; advirtiéndome su presencia por medio de dos cohetes.
—Está bien, hija mÃa; usted y sus compañeros serán mis huéspedes hasta la noche.
Poco antes de la media noche, el coronel y Than-Kiu, apoyados en el parapeto superior del fuerte, cerca de un formidable cañón que parecÃa amenazar al horizonte occidental, aguardaban la señal del patrón chino.
La noche era lÃmpida y clara, iluminando el mar la Luna llena; el aire era dulce, casi tibio. Than-Kiu, acodada en el parapeto, miraba en silencio las mirÃadas de estrellas que aparecÃan en el cielo, mientras el veterano coronel, apoyado en el cañón, fumaba flemáticamente un cigarrillo.
No hablaban; pero, de vez en cuando, las miradas melancólicas de la joven se apartaban del mar y se fijaban en el coronel, quien respondÃa con un gesto que significaba:
—¡Paciencia; todavÃa no son las doce!
Than-Kiu volvÃa a sus observaciones, escrutando la lÃnea en que el mar parecÃa juntarse con el cielo; pero ninguna señal aparecÃa en las argentinas aguas.
—Algo les ha ocurrido; ya debÃa vérseles.