Flor de las Perlas

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Dejaron el bastión, atravesaron el patio donde aguardaban Sheu-Kin y Pram-Li, salieron del fuerte y se dirigieron hacia los arrecifes. El punto negro se había agrandado, tomando el aspecto de una navecita con velas hacia la isla, corriendo grandes bordadas por serle el viento algo contrario.

—Es la tow-meng —dijo Pram-Li, que tenía la vista más penetrante—. En diez minutos llegará.

—Embarcaos: la canoa está aún entre los arrecifes —dijo el coronel; y volviéndose a la joven, que se mostraba muy conmovida, púsole ambas manos en los hombros, y exclamó:

—Le deseo buena suerte, y que nos volvamos a ver, siendo usted tan feliz como lo merece.

—Gracias, coronel; jamás olvidaré su noble generosidad; y, si no dejo la vida entre los salvajes, le prometo volver a saludarle.

—Adiós, Than-Kiu y acuérdese de que tiene usted en mí un verdadero amigo.

Y, besando la frente de la joven, la empujó hacia la barca, hízole nuevo gesto de adiós y volvióse lentamente al castillo.

La canoa se dirigió velozmente hacia la tow-meng, la cual aguardaba al pairo a unos doscientos metros de la isla. Un hombre desde la proa del junco hacía señas a los remeros de apresurarse; aunque se hallaba aún lejos, Than-Kiu le reconoció.


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