Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Sin embargo, ha debido amar a usted mucho; nadie se entrega a los enemigos por salvar a una mujer a quien no se ama. Usted sabe bien que, al penetrar Romero en mi campamento para proponerme el cambio, se exponÃa a perder al mismo tiempo su vida y el amor de Teresita.
—Cierto… cierto… pero prefirió a Teresita de Alcázar —murmuró la joven con voz sorda.
—Mire usted; me parece ver un punto negro entre las olas.
—¿Dónde?
—AllÃ; siga la dirección de mi dedo.
—¿Será el junco?
—Es la media noche, y sus compañeros cumplen Palabra. ¡Mire! La señal… los cohetes.
Sobre el horizonte habÃanse elevado dos pequeños puntos luminosos que, después de describir un arco, reventaron, esparciendo en torno millares de puntos azules y rosados.
—SÃ, es el junco; ésa es la señal convenida.
—¿Tiene usted que contestar a ella?
—No, coronel.
—Entonces, bajemos y preparemos la canoa.