Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —¡Oh!… No puede usted imaginarse cuánto he sufrido, y cuánto sufrió mi hermano al ver destruido el más hermoso sueño de su vida. Recuerdo las lágrimas que vertió la noche fatal en que perdà para siempre al hombre amado… Y Hang-Tu no habÃa llorado nunca… ¡Gran Budda!… Me parece que lo veo aún con los ojos bañados en llanto… ¡Él, tan soberbio y fuerte!… ¡Es horrible! ¡Lo venció la muerte porque habÃa perdido sus esperanzas todas!
—Deseche tan tristes recuerdos, hija mÃa; le harán mucho daño.
—Estoy acostumbrada, y resignada a los golpes adversos de mi fatal destino, coronel.
—¿Y qué espera usted de Romero?
—Nada.
—No la creo a usted, Than-Kiu.
—Lo juro, por el alma de mis abuelos, coronel. Voy a pagar mi deuda sólo. ¿Qué podrÃa esperar?
—¡Oh!… que Teresita hubiera perecido… ¡por ejemplo!
Un relámpago brilló en los ojos de la joven, pero dijo con voz melancólica:
—EstarÃa demasiado inconsolable para poder esperar que guardase algún afecto.
—¿Quién, Romero?
—Si.