Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Hong y Than-Kiu, sentados en lo alto de la proa, bajo una tienda que los resguardaba del Sol, miraban con viva curiosidad las elevadas playas de Busuanga, que se dibujaban claramente en el luminoso horizonte; los juncos de diversas clases marchaban con las velas desplegadas, así como los ligeros paraos, hacia la gran Calamina por la tranquila superficie del mar. De vez en cuando, el chino, que, como casi todos sus compatriotas de la costa, había recorrido los mares de China, indicaba a la joven las bandas de peces que acudían en torno del junco. Eran parejas de diodones, peces extraños que abundan en aquellas tibias aguas de la zona tórrida, que nadan con el vientre arriba y de tiempo en tiempo tragan gran provisión de aire, convirtiéndose en pelotas o, mejor dicho, en erizos, pues sus cuerpos hállanse rodeados de puntas agudas, especie de espinas blancuzcas, con manchas negras o violáceas. Mostrábala también serpientes marinas, de un metro de largas, de forma cilíndrica, con piel morena y negra, o blanca y amarilla, casi inofensivas por lo pequeño de sus bocas, que les impide morder, pero venenosísimas para comerlas. Había también medusas de disco cubierto de granulaciones pardas, flotantes como sombrillas.