Flor de las Perlas

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La tow-meng, a la vista de la costa, amainó velas para acercarse más lentamente y poder sortear los aumerosos escollos y peligros que rodean aquellas playas y que Tseng-Kai conocía muy bien, poniendo proa hacia la embocadura del río Talaján, donde, según el coronel, había encallado la cañonera.

Hong y Than-Kiu querían ante todo examinar el punto en que el buque fue asaltado por los piratas, a fin de no extraviarse en sus ulteriores pesquisas por el interior. Esperaban que algún pescador costero podría facilitarles informes respecto a la nacionalidad de los piratas que tomaron parte en el abordaje.

—No faltará quien os suministre noticias —les había dicho Tseng-Kai—; sólo que hay que estar muy alerta, porque el sultán de Selangán es muy complaciente con los piratas, y aun se dice que los anima y protege. Si se han atrevido con una cañonera española, calculad el escrúpulo que tendrán en asaltar y destruir un mísero junco chino. Afortunadamente he sacado de las cajas de los insurrectos cuatro docenas de granadas que les escaldarán las espaldas.

—Tal vez el sultán no los proteja ahora abiertamente —objetó Hong— por el suceso de la cañonera, aunque los españoles tienen demasiada ocupación en Manila para atender a los piratas.

—Es probable, y tal sospecha me asaltó al ver la ausencia de veleros en estas aguas.


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