Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Mal sÃntoma.
—Sin embargo, el cañón está cargado, y he hecho subir los fusiles a cubierta.
—¿Estamos próximos al punto en que fue asalta la cañonera? —preguntó emocionada la joven.
—Cuestión de dos o tres horas.
—¿Pasaremos ante alguna aldea?
—Si, la de Tambag; pero ¿por qué lo preguntas?
—Pensaba en que algún habitante nos podrÃa dar alguna noticia.
—Y suscitaremos sospechas —dijo el patrón, meneando la cabeza—. Créeme, Than-Kiu, guardemos lo más secreto que podamos el objeto de nuestro viaje, o, si no, apenas desembarquéis hallaréis tantos obstáculos que tendréis que volveros o perecer. Procedamos con prudencia. Deja que lleguemos al lugar del suceso, y veremos lo que ha de hacerse. ¡Hola!… ¡Izad todas las velas, y un hombre a proa con la sonda!
El junco, que habÃa amainado la mitad de su velamen poco antes, largólo de nuevo y reemprendió su marcha veloz, flanqueando la costa, que se extendÃa a dos millas de distancia. La playa aparecÃa desierta y cubierta de boscaje, que extendÃa sus raÃces por las márgenes de aquélla para que las bañara el mar. No se veÃan sino grandes bandadas de pájaros costeros y nidos de golondrinas, de esos que tanto apetecen los golosos chinos.