Jose el peruano

Jose el peruano

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 ¡José es bueno y lo perdona todo, menos la traición! 

Ahora está todo en claro; el miserable me puso sobre tu pista, esperando que te hallase muerto, para alejarme y poder huir con las provisiones. ¡Pero nosotros no moriremos de hambre! 

Miró por un instante el rostro exangüe de su compañero, después se puso a cavar precipitadamente una fosa, la rellenó de piedras, y sacados los intestinos del canguro y habiéndolo vuelto a coser con vegetales fibrosos, frotó con piedras afiladas, como había visto hacer a Mulga. 

Echó el animal en la fosa y la rellenó de hojas secas, encendiéndolas. En poco tiempo, el canguro se transformó en un delicioso asado. José dió algunos pedazos a su compañero, que los devoró con apetito.

A medida que la suculenta comida iba haciendo sus efectos restauradores, el rostro del joven se coloreaba, sus fuérzas se reanimaban, una ola de vida lo inundaba y con la vida un sentido menos desesperado de las condiciones en que se encontraban. 

José hizo honor también al asado de canguro, pero de cuando en cuando dejaba de masticar, para lanzar al traidor una alocución vehemente,

—¡Y yo que quería prepararle la sopa de canguro!—exclamó.

Fernández callaba: al fin dijo: 


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