Jose el peruano

Jose el peruano

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José vió en la ladera de la altura una especie de gruta y los dos hombres se refugiaron allí. Recogieron más agua todavía con las hojas dispuestas como vasos y bebieron. La fatigosa marcha los había extenuado, poniéndolos hambrientos. Afortunadamente les quedaba todavía como un tercio del canguro muerto en el grassland. 

Cenaron en abundancia mientras seguía diluviando, convirtiendo el sendero que dominaban en un riachuelo. La noche no tardó en caer. Vencidos por la fatiga y el deseo de descanso, cayeron en un pesado sueño. 

Cuando despertaron a la mañana siguiente, la lluvia había cesado y en cambio lucía un sol esplendoroso. Descendieron de su refugio para continuar persiguiendo al dray. 

La pista había desaparecido en el pequeño sendero que presentaba aún el aspecto de riachuelo. Más allá del pequeño paso se dieron cuenta dolorosamente de que el pantano se había convertido en un estanque donde ya no era posible seguir las huellas del carro. 

Las aguas las habían cubierto. Recorriendo con la vista la región, se dieron cuenta de que de Oeste a Este el horizonte terminaba por ambas partes en una línea verdosa festoneada de altas cimas. Habia un bosque a ambos lados. 

—Es verdad que ese bribón de Lindsay ha conducido el carro a una de los dos bosques—dijo José. ¿Pero a cuál de ellos? 


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