Jose el peruano
Jose el peruano —¿Podrán comerse?Â
—No, no lo creo. Pero Lindsay, el miserable cómplice de Kornalden, decÃa que estos sapos, durante las lluvias, hacen una provisión de agua como los camellos para resistir la sed... Y entonces ocurre a menudo que el viajero sediento o el indÃgena errante por la árida estepa central, capturan los sapos para beber la cantidad de agua que tienen dentro del cuerpo.Â
—No debe tener un gesto muy agradable ese agua.Â
—Ciertamente, pero cuando se va a morir de sed no se repara en sutilezas.Â
Un grito estridente resonó sobre ellos.Â
Levantaron la cabeza.Â
—¡Un águila!—exclamó José.Â
—¡0tral—añadló Fernández.
—Han levantado el vuelo desde el eucalipto.Â
En efecto: dos aves oscuras enormes daban vueltas, cada vez más amplias, alrededor del altÃsimo árbol, lanzándose hacia el cielo y el sol corno si quisieran emborracharse de luz.Â
Pronto desaparecieron de la vista de los exploradores las dos enormes aves de rapiña, como si se las hubiese tragado el sol.Â