Jose el peruano

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José había descendido casi a cuatro metros del suelo. Los dingos, viendo detenerse al hombre y hacer demostraciones de que no tenía intención de acercarse más, comenzaron a dar saltos con el deseo manifiesto de morder las partes musculosas del gigante: pero los dingos, que son formidables, no eran tan hábiles saltarines que pudieran salvar los cuatro metros de altura que los separaban de su ansiada presa. Daban saltos furiosos, ladrando rabiosamente. 

—Esperad a que consiga nuevamente mi fusil y yo os haré continuar la danza—dijo José, manteniéndose con la mano izquierda en una de las hendiduras hechas por él y empuñando en la derecha la larga rama, al fin de la cual un nudo podía servir de garfio. .

José inició las pesquisas para encontrar su fusil. 

Después de varias tentativas consiguió enganchar al nudo vegetal el arma y levantarla del suelo: con la ayuda de los dientes, fué subiendo gradualmente la rama del punto en que su mano la sostenía, hasta que pudo empuñar el fusil. 

Pero el gigante no había advertido que la corteza a que su mano se agarraba, bajo el enorme peso suyo, iba cediendo... 

De pronto se rompió y privado de un punto esecial de apoyo, el hombre cayó en medio de los voraces perros. 


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