Jose el peruano
Jose el peruano —No tiene más que cuatro tiros y no conviene perderlos contra estos animaluchos—observó José. Se podrÃa intentar coger el fusil.
—¿De qué modo?Â
—Rompo una rama ,de tres o cuatro metros, la cuelgo a la espalda y bajo hasta donde los dingos no puedan alcanzarme.Â
—¡Lo puedo hacer yo!—propuso Fernández.Â
—No, tú no tienes todavÃa fuerzas para hacerlo—dijo José—; entre el succionamiento de las malditas ventosas y las heridas recientes, has perdido mucha sangre... Cuando te hayas repuesto bien, te prometo confiarte otras empresas de las numerosas que nos aguardan.Â
Asà diciendo, José cortó una larga rama, con ayuda de Fernández se la afirmó a la espalda y empezó a descender, utilizando los cortes practicados en el eucalipto.Â
El coloso descendÃa bastante rápidamente: los dingos, viendo acercarse al hombre, daban unos ladridos espantosos, precipitándose con las famélicas gargantas hacia el árbol, como en acecho.Â
—Creen que mi deseo es ofrecerme gentilmente a sus mandÃbulas—murmuró José—. Pero no me siento aún bien dispuesto a complacer a estos dingos.Â