Jose el peruano

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CAPITULO XI

MANIOBRAS MISTERIOSAS EN LONTANANZA

Los dingos se lanzaron con rapidez furibunda sobre los cadáveres de las águilas, despedazándolos y luchando furiosamente entre ellos para conquistar un bocado. 

Para aquellos treinta perros hambrientos las dos águilas no representaban más que un mezquino banquete, del que los dingos más débiles fueron excluidos. 

Los cadáveres de las aves desaparecieron en un relámpago: carne, huesos, plumas y con aquello el hambre de los perros salvajes sólo había sido excitada más aún.

Levantaron sus hocicos de lobo hacia los dos hombres, mostrando el blanco de sus dientes formidables y voraces. 

—Nos hacen una demostración de simpatía--dijo José—, declaran abiertamente que nuestra carne no les disgusta. ¡Oye como ladran! 

—¡Estos malditos perros nos obligarán a quedarnos aquí bastante tiempo!—dijo José.

—¡Será preciso hacerlos huir!—contestó el joven. 

—¿En qué forma, si he cometido la estupidez de dejar el fusil en tierra?—preguntó el coloso. 

—Tengo el revólver—dijo el ,joven. 


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